Sin saber porqué, al cumplir los setenta y cinco años, sintió que algo cambiaba. Le impresionó la cifra, los lustros transcurridos. Lo lejos y cercanos que los recuerdos se hacían presentes. Claramente, percibió los pocos que tenía por delante. Pero eso no significaba miedo, al contrario, ese hecho evidente la hizo sentir más viva y capaz con más deseos aún de disfrutar de la bonanza que le regalaba su existencia. Notó, sin explicación clara, una mayor libertad y capacidad de percibir la emoción de lo bello que la empujaba a salir en su búsqueda, dejando atrás todo aquello que la perturbaba y manteniendo a raya la nostalgia y la melancolía. Agradecida a todo lo vivido y sobre todo al amor disfrutado. Pensó que quizás se estaba acercando a la sabiduría de los años y sonriendo le dio la bienvenida a los setenta y cinco.

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