El pequeño hidroavión rodo sobre las aguas cristalinas y poco profundas de la laguna de coral.
Tomó altura y giró para volar sobre la barrera coralina salpicada por la espuma de las olas,
al reventar contra ella. El mar pasaba de un purísimo verde esmeralda a un azul turquesa perfecto.
Giró de nuevo para sobrevolar la península de playas de arenas blancas y donde cual enigmático y
poderoso ser surgía el monte Morne Brabant con sus píes sumergidos en la mágica e increíble
cascada submarina, formada por las diferentes corrientes y profundidades de los arrecifes.
Entonces, su pecho, sintió una inmensa emoción ante esa infinita y única belleza y lloró sobrecogida.

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